benjamingrullo

Name:
Location: Guecho, Vizcaya, Spain

Monday, February 13, 2017

Los locos y nuestros actos





Sabemos bastante de las motivaciones detrás de nuestros actos más elementales. Sabemos reconocer cuando actuamos para conseguir dinero, sexo, poder, estatus, jerarquía, pertenencia, que nos valoren, ser aceptados... También sabemos que el protagonismo es una materia prima que a los tímidos quema y por la que los vanidosos matan. Pero todavía hay actos extraños de los que no entendemos su motivación última. Actos que realizamos y nos quedamos asombrados de nosotros mismos, sin saber la razón por la que los hemos hecho.

¿Por qué un hombre escala una montaña casi imposible? ¿Para qué hemos ido a la luna? ¿Qué hace que un adolescente se gaste sus escasos ahorros en unos sprays con los que pintar paredes? ¿Por qué Mark David Chapman mató a Lennon? ¿Qué hace que un terrorista se explote asesinando a cuantos más mejor?...

¿Qué pistas nos dan los desequilibrados y sus motivaciones a quienes nos consideramos “normales” sobre nosotros mismos?

Javier Fernández Lasquetty  escribe muy claro, sobre todo parece sincero cuando escribe. Hace poco leí un artículo suyo sobre un enguarraparedes cubano llamado “El Sexto”.


En el vídeo que enlazaba me encantaron las motivaciones de sus actos explicadas por el propio Sexto.


Transcribo:

(8:45 El policía que le detiene le dice):
Policía: “Te vas a morir, no vas a llegar a nada”
Sexto: “Sí, pero entre la muerte tuya y la muerte mía hay una diferencia.”

(9:55) -Sexto: (También) “Tú te vas a morir pero dentro de 5 años tu propia familia, tus hijos, tu mujer no van a hablar de ti. Yo me puedo morir aquí, pero dentro de 6 años tu mujer, tu hijo y tú mismo van a hablar de mí”.
  
Así que la motivación central de su vida es religiosa y lo reconoce abiertamente. Mire el vídeo, su cara no deja lugar a dudas, es un fanático puro, parece un místico de El Greco. Esta misma motivación trascendental explica por qué los grafiteros son capaces de gastarse una pasta en unos sprays que cuestan un dineral para dejar su firma en un subterráneo, porque quieren dejar huellas para demostrarse que existen.

'Soy una mierda, pero ahora voy a hacerme famoso' dejó escrito Robert Hawkins antes de matar a ocho personas y suicidarse en un centro comercial de Nebraska en diciembre del 2007. ¿Pero de qué fama está hablando? ¿Qué tipo de fama es esa capaz de redimir a un mierda y convertirle en otra cosa?

El desesperado de Joseba Elósegui escribió un libro que se titulaba “Quiero morir por algo”, al tío parecía darle igual qué algo. Viviendo donde vivía la causa que encontró era la obligada por el entorno, la mimética, la inevitable. Se tiró a lo bonzo delante de Franco en el frontón Jai-Alai de Guernica gritando “Gora Euzcadi ascatuta”. No murió pero hizo carrera política primero en el PNV y luego en EA.

John Lennon afirmó un día refiriéndose a los Beatles: “Somos  más famosos que Jesucristo”. Puede que fuera verdad, pero la frase es en sí un reclamo para desequilibrados. En el lenguaje de estos chalados lo que Lennon estaba diciendo sin saberlo era “matadme y os transferiré mi sacralidad”. Fue exactamente lo que ocurrió. Así invocado un perturbado le asesinó. Mark David Chapman ha admitido que mató a Lennon para "poder ser alguien". Pero ¿”alguien” en qué sentido?

Todos estos desequilibrados son estupendos para estudiar las motivaciones humanas porque en ellos se aprecia lo que en los demás se produce de forma tenue y camuflada. Estas acciones son manifestaciones extremas de unas emociones que todos compartimos. También en las personas normales las ansias de trascendencia están presentes y condicionan nuestro comportamiento y, sobre todo, nuestro mimetismo. La motivación religiosa fue la fundamental durante toda la Edad Media y aunque puede producir actuaciones aberrantes también produjo actos heroicos y grandiosos, y creo que sigue siéndolo aunque el racionalismo lo niegue. También hoy gran parte de nuestras decisiones están dirigidas por esta motivación religiosa de la que no somos conscientes. Por ejemplo, estoy convencido de que la clave del éxito de la comunicación política está en ofrecer trascendencia. Lo hace Errejón de forma obvia, artificiosa y según pautas de trascendencia caducadas, la religión muerta de la historia marxista.

El éxito de Podemos se debe a que regala protagonismo al por mayor y vanidad existencial. Podemos ha convertido en protagonistas a millares de gente anodina que por primera vez en sus vidas se sienten parte de algo grande, “histórico”, o sea, eterno o inmortal. Podemos es un movimiento milenarista clavadito a los del fin de la Edad Media porque lo que Pablo Iglesias teatraliza no es convicción, es fe. Toda identidad tiene algo de esto.

También la clave del éxito del marxismo, del Opus, del nacionalismo… de todo movimiento colectivo -positivo o negativo, que el mimetismo no tiene por qué ser siempre inmoral-, está en ofrecer sentido y trascendencia individual a la vida de sus miembros a través del grupo. Es muy seductor eso de que actúas en el sentido de la historia o en el de dios o en el de un pueblo milenario con una personalidad constante e inmutable a lo largo de milenios. Tus actos permanecen. Así ofrecen vanidad existencial, un caramelo para cualquier bicho con más miedo a la nada que a la muerte. 

Antes de ser ejecutado, un perturbado que había destrozado las estatuas de los dioses griegos, soltó: “La muerte es un precio muy bajo a pagar por la inmortalidad”.


Y seguiremos comprando mentiras que nos nieguen nuestra nada, es así. Pero estoy convencido de que esta motivación de trascender puede tener una aplicación práctica más cercana.


Friday, July 15, 2016

Esther Tusquets – Habíamos ganado la guerra





En Habíamos ganado la guerra, Esther Tusquets, una hija del franquismo sociológico, relata su evolución del franquismo al progresismo a través del falangismo. No es un tránsito ideológico, sino religioso. A lo largo de todo el relato la religión es el tema que subyace y que preocupa a la autora, y no las cuestiones ideológicas. El libro demuestra lo obvio, que en España la peña se hizo socialista desde el catolicismo, sin ninguna necesidad de leer a Marx, bastaba con la catequesis.

Además, la religión en España hay que entenderla como una parte de la dimensión colectiva de uno, como identidad y no como fe. La religión es la base de una pertenencia tribal, sin más, y no se accede a ella por la fe del meditabundo sino por contagio social. Mimetismo, vamos.


En el fondo, el libro, cuenta la aparición del progresismo como nueva religión política triunfante, y como la única forma de militancia postcatólica posible para cualquier persona de carácter ambicioso o acomodaticio o religioso. Religioso, sobre todo, como la propia Esther Tusquets.


La autora es encantadora y admirable, su libro está bien a ratos y a ratos muy bien. Mientras lo leía yo creía que ella era perfectamente consciente de lo que estaba narrando y de su significado, ya digo, que el franquismo católico se “seculariza” en progresismo por la vía del falangismo. Pero entonces llega el párrafo más decepcionante y revelador, el último párrafo del libro y, sobre todo, su última frase:

“Supe definitivamente, aquella noche, que, si bien no era cierto que la guerra civil la habían perdido todos, porque a la vista estaba que unos la habían ganado (y lo sabían bien) y otros la habían perdido (y nadie iba a permitirles ignorarlo ni olvidarlo), yo, hija de los vencedores, a pesar de haber gozado de todos sus privilegios y todas sus ventajas, pertenecía al bando de los vencidos.”

Asombroso, en un solo párrafo el “habíamos” que da título al libro se convierte en un distante “habían”, aparece la tercera persona y desaparece la primera. El tránsito identitario ha culminado, su Nosotros se convierte en Ellos, y sin una pizca de introspección ni culpa… ni ideología.

Me he redimido sin hacer nada. Heredo toda la pasta debida al franquismo familiar, heredo la empresa de papá… pero me distancio de la complicidad y la culpa.

Oh, casualidad, justo en el momento en el que los supuestos perdedores se iban a convertir en los nuevos ganadores ella cambia de bando. Y este hecho no despierta en ella misma ninguna sospecha. 

Los escritores que me gustan no tienen piedad consigo mismos, se exponen desnudos sin miedo a la primera persona singular, y por eso nos explican. A un escritor, ya que le voy a dar unas horas de mi tiempo, le pido que sea capaz de explicar las motivaciones últimas que hay tras sus actos y que así me ayude a entender las mías. Y no que se dedique a elaborar y exhibir una idea complaciente de sí mismo. ¡Por favor, que la vas a palmar, olvídate del ego! La introspección sin piedad, de quien se usa a sí mismo como cobaya, marca la diferencia entre un escritor del que aprendo de uno superficial, vanidoso y satisfecho.

En mi opinión, Tusquets, con esta necesidad ridícula de forzar la coherencia para encajar su propia vida en el relato del progresismo, el relato religioso con el que la autora da sentido a su vida y según el cual pretende haber vivido y trascendido, sólo demuestra cómo su instinto de pertenencia limita su capacidad de introspección y su humanismo.

Es la peor frase que servidor haya leído para rematar una lectura sobresaliente, una guinda hecha de purines gregarios, de necesidad de aceptación y de un más que sospechoso interés personal, material y psicológico, camuflado de compromiso ideológico.

“yo, hija de los vencedores, a pesar de haber gozado de todos sus privilegios y todas sus ventajas, pertenecía al bando de los vencidos.”

Anda ya.

Con esta última frase la autora desbarata gran parte de sus méritos. Muchos franquistas, como siempre sucede en periodos de transición, se hicieron progresistas o nacionalistas y ostentosamente antifranquistas desde el poder y para seguir disfrutándolo.

Más sincero habría sido:

Yo, hija de los vencedores, para seguir formando parte de quienes detectaba como "la mayoría" y seguir así gozando de todos sus privilegios y ventajas, pasé a pertenecer al bando de los nuevos vencedores…. Y sin siquiera ser consciente de que lo hacía porque iba teledirigida por el campo de fuerza gregario al que pertenecía. Eso sí, luego racionalizo mis actos y, a mis ojos, soy la pera limonera.

Es triste constatar que la autocomplacencia es capaz de transformar a una narradora brillante en una escritora mediocre. El conformismo es magnífico, droga dura, pero no hace escritores que nos ayuden.



*Mientras sigo con mi contestación a Elefanta...