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Tuesday, May 02, 2017

Envolviendo la cebolla I



Envolviendo la cebolla
(primera parte)



“Estos conejillos de indias de la fe,
¿qué son realmente si su fe se viene abajo?
¿que queda de ellos?
¿qué les habían preparado además de esto?
¿qué otra vida podrían empezar ahora?
¿qué son cuando les falta su terrible fe militar?
¿qué puede recogerles?”

Elias Canetti – La Provincia del Hombre




Por razones obvias -vivo en el País Vasco- desde hace bastantes años, tal vez desde la catequesis, me interesan las reflexiones sobre el perdón, la justicia y la recuperación de la víctima para la sociedad. También me interesan las reflexiones de quienes han participado activamente en los grandes crímenes colectivistas cuando regresan como hijos pródigos a la convivencia en valores humanos básicos. Me interesan la capacidad de introspección de estos autores para analizar las motivaciones últimas detrás de sus actos, su capacidad para valorarlos moralmente, la sinceridad de su arrepentimiento y las opciones de redención que ellos mismos barajan, esa redención que mide su arrepentimiento.




La autobiografía de Günter Grass "Pelando la Cebolla" se vendió, al menos por eso la compré yo, como la honesta confesión de todo un premio Nobel de su pasado nazi, de por qué a los 17 años se apuntó voluntariamente a las Waffen-SS -Las SS eran la más ideologizada y comprometida fuerza de Adolf Hitler, pieza fundamental en la perpetración de algunas de las mayores atrocidades del siglo XX- y, a comienzos del siglo XXI, Günter Grass estaba considerado un moralista implacable y el más grande autor alemán vivo. ¡Un moralista de las SS! Estas dos circunstancias parecían garantía que la explicación de lo ocurrido en Alemania en 1933 iba a merecer la pena. 

 
El libro está muy bien escrito, se lee fácil, pero sorprende por lo convencional, superficial y falto de introspección de un autor del que había escuchado maravillas. Además, en ningún momento Günter Grass nos da una explicación satisfactoria de por qué se hizo SS. Al revés, es la historia de un joven que parece moverse sin convicciones, ideología o razones aparentes. Tanto que a ratos parece el relato onírico de un ser desmotivado y sin voluntad, que vive movido por fuerzas mayores, siempre inconsciente y sin ninguna responsabilidad en las acciones en las que está participando, ni culpa, claro, porque con esta inercia parece que el autor busca exonerarse a sí mismo y descargar toda la responsabilidad en una fuerza mayor ante la que nadie podría resistirse, algo así como las fuerzas de la historia que zarandearon a este pobre infeliz sin que él pudiera hacer nada, como una hoja en una corriente que no entiende y a cuya fuerza no se puede sustraer. No había otra posibilidad de comportamiento. Las cosas eran así y punto. ¿Fuerza mayor? Anda ya, el truco de presentar lo convencional como un fenómeno natural está muy visto. Qué decepción, y de todo un premio Nobel.


Pero entonces llega un capítulo sorprendente “De cómo me hice fumador”. ¿Por qué Grass se siente en la obligación de dedicarle todo un capítulo a semejante trivialidad? A ver, estamos en 1945, cientos de acontecimientos trascendentales están teniendo lugar, Alemania es un montón de escombros, los soviéticos han entrado en Auschwitz y han descubierto al mundo que la retaguardia nazi era más cruel que el peor de los frentes, los USA han tirado la primera bomba atómica, el hombre es por fin capaz de autodestruir la civilización y la historia… ¿y 60 años después, al señor Grass le parece que lo más importante que le estaba ocurriendo era que empezaba a succionar cigarritos de forma compulsiva?

Pero más sorprendente es aun que después de no habernos dado ninguna explicación satisfactoria de por qué se hizo SS sí sea capaz de explicarnos de forma brillante por qué se hizo fumador. En mi opinión, éstas son las páginas más sinceras del libro. Es justamente en estas páginas cuando -¿sin darse cuenta ni quererlo?-, Günter Grass baja su guardia, y en la página 320 nos revela el secreto de su personalidad: “el deseo de pertenecer al menos a la comunidad de los fumadores… me hizo adicto”.







Había terminado la guerra, Grass anda errante como alemanes sin Hitler, como esos fanáticos ya sin causa de los que hablaba Canetti (una característica del fanatismo es que no tiene plan B). Perdido sin pastor pero sobre todo sin rebaño. Es entonces, cuando todo lo que creía sólido ha desaparecido y no sabe qué hacer con su libertad cuando Günter Grass confiesa una imperiosa necesidad que le puede: “el deseo de pertenecer”. Porque Günter Grass es perfectamente consciente de que al fumar no está consumiendo nicotina, sino una sustancia mucho más adictiva: pertenencia. El tabaco le une a una comunidad estable. Gracias al tabaco puede satisfacer su primer hambre. La búsqueda de pertenencia es la verdadera organizadora de su personalidad, el impulso que ha condicionado su vida más de lo que reconoce. 


No sé si Günter Grass lo hace sin darse cuenta o a propósito, pero esa frase nos dice que tenemos que reinterpretar todo lo leído a la luz de esta nueva revelación. Entonces comprendemos que fue nazi como fumaba, con la misma compulsión, ansiedad y desesperación de un fumador empedernido. Comprendemos que apretó los dientes, que miró con odio y participó en la causa nazi con entusiasmo e intuimos que lo realmente característico de la Alemania nazi no era el miedo ni esa inercia desganada o la cobardía de quien mira para otro lado que nos ha intentado vender, sino el terrible entusiasmo de las causas.

Tal vez, el llamado terror nazi esté sobrevalorado y no sea verdad que durante el nazismo el miedo fue el dueño de la conducta social, seguramente el dueño de la conducta social fue el entusiasmo. El entusiasmo… tan parecido al pánico.

Así que no se alisto obedeciendo a una inercia apática, sino que le guiaba el entusiasmo como a cualquiera de los jóvenes de su Danzig natal. Como a Wilhelm Roes que en 1942 estaba desesperado por servir en las Waffen SS  impresionado con un cartel de reclutamiento en el que aparecía un hombre rubio de las SS con «una de esas miradas en los ojos». Pero, como quería alistarse antes de cumplir los dieciocho años, necesitaba la autorización de su padre. «Le dije [que se necesitaba una autorización] ¡y sonrió de oreja a oreja porque su primogénito iba a convertirse en un soldado de verdad, en las Waffen SS! Claro que la firmó… El 1 de junio de 1942 cumplí diecisiete años, y el 8 de junio me llamaron a filas». (Testimonio sacado de El oscuro carisma de Hitler – Laurence Rees)

Esta era la realidad, el entusiasmo y no la inercia.


No queda otra que reimaginar al moralista Grass cantando a coro, eructando consignas, alzando el brazo y la voz con más energía y más alto que los demás para demostrar su compromiso, para saciar esa misma hambre de pertenencia que dirigía su vida, porque no podía vivir una vida sin algún tipo de Nosotros. El moralista, como tantos, no se pudo sustraer al campo de fuerza gregario y traicionó a la moral para entregarse a la pasión colectiva del momento, para formar parte activa de eso que Zweig llamaba “hordas con brazales”.
  
En esa simple frase está la clave para entender 445 páginas de excusas. Su necesidad de pertenecer a una comunidad estable, aunque fuera la catalizada por algo tan trivial como el tabaco, revela que Günterr Grass necesitaba afirmarse en algún tipo de comunidad y que esa motivación fue central en su vida y en sus actos. Paradójicamente, a pesar de la intención del autor de practicar la indulgencia consigo mismo, ese momento -¿de descuido?- salva el libro y lo convierte en interesante. Que un acontecimiento extraordinario nos revele lo fundamental de un hombre tampoco es tan asombroso, pero encontrar en una actividad superficial el secreto de su personalidad y  las pistas para explicar unos crímenes inverosímiles da que pensar. La primera es que tal vez nuestra naturaleza gregaria se revela mejor en las pequeñas trivialidades, como bien sabemos quienes vivimos en el País Vasco.


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En fin, que la frase en sí me parece la perla del libro, el secreto que Günter Grass nos estaba ocultando mientras que se vestía diciendo que se desnudaba. ¿Ha sido su inconsciente de narrador el que nos ha regalado la médula de la cebolla o ha sido él mismo, perfectamente consciente y a propósito? Porque ya nos había avisado: “al recuerdo le gusta jugar al escondite como lo niños. Se oculta.” “Ya se refuta lo que siempre quiere pasar por verdad, porque resulta ser la mentira, o su hermana menor, la trampa, la parte más resistente del recuerdo”

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